viernes, 6 de julio de 2012

Orbes de Plata

Una ola empuja a la otra, llegan cansadas a la orilla, espumosas y finas. El agua es cálida, el sol la acarició desde temprano y en su roce aún lo recuerda.

Suave y lenta escala mis pies, cada grano de arena arremolinandose entre mis dedos es captado por mi piel, sube el mar y los inunda, hace espuma en mis tobillos y así como vino, ahora me priva de sí, viajando atrás.

El aire fresco y sus sonidos son canción de cuna, alborotan mi cabello y la sal me hace estornudar.

Ahí, sólo, río y me digo "salud", limpio mi nariz y camino hacia donde mis pasos no dejan huellas.

Con el océano en mí cintura, el agua no parece tan cálida ya y la marea hace su llegada meciendome con firmeza.

Más pasos hacia el Este, a mitad del pecho tu magnitud, espero, me detengo, me fijo en el agua que viene y ante la inminente ola me sumerjo.

La corriente es agradable, sacude mis brazos y separa los dedos de mis manos.

Y ahí, así, al instante el peso del mar comprime mi respirar, el líquido primordial entra en mis oídos y los golpes acuosos en la superficie son sinfonía cacofóna, amo ese sonido.

Entre el flujo de la ola y mi motricidad avanzo unos metros, hacia inclinaciones más amplias y temperaturas más bajas.

El aire en mis pulmones se hace viejo; pero aún no quiero salir, sin esfuerzo dejo que salga en infinidad de orbes de plata.

Mi ser se hunde, se mezcla y mis bordes desaparecen... soy uno con la mar y la mar uno con el universo...

He llegado al fondo, como un talco, la arena forma círculos, abro los ojos no hay nada visible al rededor.

Me hago loto, alineo mi alma con mi mente, el agua que me forma es la misma que me envuelve, siento que casi podría respirar, es un ambiente familiar.

En el fondo, sumergido regreso al seno maternal, madre de todas las cosas, madre de la vida, el mar.

¡Un espasmo! Otro le sigue, es momento de salir, es tiempo de nacer y volver a vivir.

Unas brazadas bastan y ya en la orilla estoy, de vuelta ya en la tierra, me voy al Oeste como el sol...