sábado, 7 de julio de 2012

Bosque de Dos

¿Recuerdas aquella vez que estabas triste? Esa vez en la que estábamos sentados en uno de los patios de esa escuela que no era nuestra.

No recuerdo por qué llorabas, algo de tu casa seguramente, alguna discusión, alguna mirada, algún reclamo.

Muchas cosas te hacían infeliz en esos días, la vida siempre suele parecer infinitamente más complicada desde los ojos adolescentes.

La mayoría del tiempo no he sabido consolarte, la mayoría del tiempo no entiendo tu dolor.

Siempre traté de ser empático y arrebatarte una sonrisa mojada de lágrimas.

Esa tarde, por algún motivo, por alguna razón, sabía que hacerte reír no sería suficiente.

Mi amor por ti ya era eterno y como un romántico lo declare hacia ti en dos ocasiones ya y en dos ocasiones dijiste: "No"

Recuerdo que en aquel sitio olvidado, contigo sentada sobre tu mochila, con el cabello recogido y deseando escapar, sentí que la única manera de hacerte feliz, era dejar plantada tu alma en otro lugar.

Me callé, cerré mis ojos y me convertí en árbol y mis piernas se hicieron raíces y mis brazos ramas y mis cabellos hojas.

El viento pasó y dejó aires nuevos, me inclinó; pero yo fui más fuerte.

Abrí los ojos y vi los tuyos, con esa mirada tuya de sorpresa cuál venado ante un sonido extraño; pero más humana y más natural, profunda, llena de infinita inteligencia.

Y preguntaste extrañada: ¿Que haces?

Y conteste: Soy árbol.

No reíste, tu alma lo entendió.

El viento arreció de nuevo y de nuevo me mecí.

Te dije: Se árbol, muévete con la brisa, toma tu alimento de la tierra, tu cuerpo es vida y tu vida es la raíz, planta tu espíritu, deja que tu cuerpo se transmute y crezca; pero deja tu alma aquí.

Señale con una de mis ramas al vecino nogal y con mil brazos respondió mi saludo.

Los dos bailamos lentamente en un vaivén natural y pronto fuimos tres, frente a mí, Jacaranda en flor, erguida y hermosa, rebosante de vitalidad interminable y fuerza indomable.

Y juntos fuimos bosque, un bosque de dos y comimos del mismo suelo y bebimos del mismo manantial.

Esa tarde, de ese día en esa escuela plantamos tu alma hasta el tiempo en que pudiera viajar contigo de nuevo y para siempre.

Hoy, en esta otra tarde, en esta nuestra casa veo a otro vecino nogal, que me saluda con dos mil brazos y yo lo contesto con una mano y unas hojas al final.

No se cuando volví a ser árbol o si alguna vez deje de serlo, lo cierto es que sentado aquí, te recuerdo, mi bella Jacaranda perenne en flor...