miércoles, 20 de junio de 2012

J.

Tres eran las noches que J. no dormía y tres eran los años que habían pasado sin probar una gota de alcohol.

Todo eso estaba por cambiar...

Decidido a tirar a la basura los años de buen comportamiento, se dispone a limpiar el arma que su padre le obsequió.

Su padre muy parecido a él, un hombre robusto y endurecido por el campo de batalla, tras ser dado de baja honorablemente del ejercito después de la primera guerra del Golfo, le regaló la Beretta M9 que hoy acompaña en su decisión a J.

El arma que había sido de edición estándar para las Fuerzas Armadas desde fines de los 80s, nunca fué disparada por su padre y en el cargador aún estaban las quince balas 9mm con que le fué entregada.

"Que importa sí nunca se ha disparado, la balas no tienen fecha de caducidad". Pensó J. tratando de soplar el polvo acumulado en el receptáculo del cargador.

Con la pistola cargada sale de su cuarto y camina los cuatro miserables pasos hasta el baño de su departamento.

La mayor parte del lugar denota su situación actual, envases vacíos de comida instantánea pueblan el resquebrajado piso, la mesa de la sala esta cubierta de ropa sucia y ni hablar de las cortinas que desde hace más de diez años no se han lavado.

Situación muy diferente la del baño, éste esta inmaculado, cada azulejo limpio, cada borde tallado con la atención que solo puede provenir del seno de  una familia militar ó de la obsesión de alguien preocupado por las infecciones.

J. se acerca al depósito de agua de la taza de baño y levantando la tapa mete la mano para tomar la botella de whisky que decidió no beber hasta que llegará el fin... y éste ya esta aquí.

Los modales no importan, con los dientes rompe el sello de la botella y con el resto de la boca la destapa. De inmediato su garganta se humedece con el ardiente sabor de los granos y su cuerpo recuerda al instante el viejo hábito. Sin pensarlo media botella estaba en sus entrañas para cuando la separó de sus labios.

Ahora entumecido; pero conciente de sus actos se aproxima a la puerta interna del cuarto de baño que da al otro único espacio pulcro del departamento, el cuarto de su hijo.

Todo esta en orden, justo como lo dejó, cuando el que aquí pasara las noches resultará en un problema y un riesgo.

En el pequeño y colorido buró esta todavía el retrato de una familia feliz que ya no es más que una lista de asistencia incompleta. Imágenes de un grupo qué dejara de existir hace unos años ya.

Cómo todo llegó hasta este punto es un misterio para J. Todo paso tan rápido, primero ella, tan radiante y cálida cual fuego y así como el mismo, se extinguió con los vientos de la desgracia e impotencia.

La noticia llegó antes para ella, mientras J. movía sus pies impaciente en la sala de espera, ella de camino a encontrarlo recibió la llamada y sin pensarlo dos veces piso el acelerador a fondo y antes de la última curva soltó el volante, la muerte llegó indolora, pronto no estaría sola, pronto podría ser feliz.

J. vió el evento unos minutos después en la televisión, los pedazos de metal retorcidos dejaban poco a la imaginación y antes de que terminará de pensar en cuan horrible el accidente era la reportera anuncio el nombre de su esposa y sin poder procesar lo sucedido la espera terminó.

El doctor salió a darle el pronóstico, los tratamientos eran inútiles y un trasplante, debido a la debilidad del paciente, no era más una opción, era cuestión de tiempo, lo único por hacer para los médicos, mantener al pequeño libre de dolor.

"Es el momento" pensó J. dejando el retrato en su lugar, terminó de beber el contenido de la botella diciendo "ya a nadie le sirve este hígado, mejor ponerlo a trabajar". Vacía la botella J. simplemente la soltó y con un sonido agudo, el cristal cedió ante la rigidez del suelo estallando en una lluvia de fragmentos verdes.

Colocó la Beretta entre su espalda y el cinturón antes de subir a su vehículo. Manejó con prudencia el camino que conocía perfectamente, no necesitó poner atención a nada más qué a su tarea, su mente se encargó dé llevarlo hasta su destino.

Ya ahí solo unas puertas se interponian entre él y su decisión final...

La recepcionista se sorprendió de verlo, era un horario poco usual, pero no objeto en dejarlo pasar.

Llamo a la puerta de la habitación marcada con el número treinta y dos y S. la enfermera en turno, al ver a J. abandono el cuarto.

El pequeño estaba despierto, su cuerpo abatido por los tratamientos no pudo ocultar la alegría de ver a su padre y con el mayor de los esfuerzos extendió los brazos, abrazó a su padre y sonrió por primera vez en mucho tiempo.

La recepcionista y S. la enfermera corrieron al escuchar los disparos, no sin antes activar el sistema de alarma, al llegar a la habitación encontraron a J. con el pequeño muerto en su regazo y a él llorando y con la pistola en la sien.

Entre saliva y sollozos dijo: "desde qué ella murió él me lo pidió, le jure que lo haría cuando estuviera listo, que Dios me perdone"...

Y así tirando del gatillo término con su vida...

El arma asesina esta en una bolsa como evidencia de un suicidio y un homicidio... yo creo qué esa arma que al fin se disparó, no mató a nadie que no estuviera muerto ya...